Las vacaciones, el merecido descanso, pueden ser una gran oportunidad para afrontar con más serenidad nuestra vida espiritual. Y para dedicar más tiempo a la familia. ¡Vale la pena! Además, hemos de acordarnos especialmente de los que, quizás, no las puedan disfrutar, pidiendo a Dios por la paz, el trabajo y la alegría de todos.

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